En el fútbol existe una máxima sencilla: los refuerzos revelan la estrategia del entrenador. En política ocurre igual. Si el supuesto adversario termina ocupando posiciones clave dentro del gabinete, entonces nunca fue realmente adversario. Era, en el mejor de los casos, un socio temporal obligado por las circunstancias electorales.
La contradicción no es menor. Durante meses se intentó construir la imagen de una administración emancipada del viejo grupo político que marcó el rumbo de Boca del Río durante varios sexenios. Incluso en temas altamente sensibles, como la discusión sobre el futuro del servicio de agua potable, se buscó proyectar una postura independiente. Pero resulta difícil sostener semejante discurso cuando las decisiones internas evidencian exactamente la continuidad del mismo entramado político.
En política existen dos clases de ruptura: la que se anuncia y la que realmente ocurre. La primera sirve para los discursos; la segunda implica asumir costos, desplazar operadores, desmontar estructuras y construir nuevos liderazgos. Nada de eso parece estar sucediendo en Boca del Río.
Porque el problema no radica únicamente en la llegada de Daniel Velasco. Lo verdaderamente preocupante es la percepción, cada vez más extendida en los círculos políticos locales, de que personajes vinculados históricamente al grupo Yunista continúan ocupando espacios estratégicos dentro de la administración municipal. Si ello corresponde a la realidad, entonces la promesa de independencia política termina convertida en un simple recurso propagandístico.
Desde luego, cualquier persona tiene derecho a ocupar un cargo público siempre que reúna los requisitos legales y administrativos correspondientes. Lo cuestionable no es la filiación política de un funcionario, sino la incongruencia entre el discurso y la práctica gubernamental. La credibilidad de un gobierno no se mide por lo que dice, sino por la coherencia entre sus palabras y sus decisiones.
Los ciudadanos no votan únicamente por personas; votan por proyectos, compromisos y promesas. Cuando esas promesas se contradicen apenas unos meses después de iniciar el gobierno, lo que se erosiona no es solamente la imagen de una alcaldesa, sino la confianza pública en las instituciones democráticas.
La simulación es probablemente el mayor cáncer de la política mexicana. No porque los ciudadanos desconozcan cómo funcionan las alianzas, sino porque se les pretende convencer de una realidad que los propios hechos desmienten. Hoy ya no basta con cambiar el logotipo de un gobierno o modificar el discurso. La sociedad observa, compara y concluye.
Boca del Río merece gobiernos transparentes, coherentes y honestos con la ciudadanía. Si existe continuidad política, que se reconozca; si hay alianzas, que se expliquen; si persisten los mismos operadores, que no se disfracen de renovación. Lo verdaderamente ofensivo no es la permanencia de un grupo político, sino el intento de venderla como si fuera un cambio histórico.
Porque cuando un gobierno presume haber roto con el pasado mientras entrega las llaves del presente a los mismos de siempre, ya no administra un municipio: administra una mentira.
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